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Edificio en antigua calle de la Carrera, Cantillana

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En la Vega del Guadalquivir existen escasos ejemplos de esta tipología de casa patio de arcos y columnas de finales del siglo XVIII o principios del XIX; sólo los seis fustes con éntasis, capiteles y basas de mármol rojo merecen la restauración de este patio de proporción áurea en planta; también llamado número de oro o de Dios, razón extrema y media, razón dorada o divina proporción.

Seis arcos rebajados sobre seis columnas de mármol, posiblemente mármol rojo de Cabra. Una piedra caliza nodulosa, arriñonada y rica en fosiles incrustados, cuya explotación se conoce desde época romana, fuente económica del municipio de Igabrum. El perfil exterior de los arcos reproducía el acanalado del interior y fue eliminado con mortero de cemento, el cual procederemos a retirar, restituyendo los perfiles originales actualmente deformados. Las columnas serán objeto de limpieza y aplicación de hidrofugantes especial color. Los paramentos del patio y galerías se terminarán con jabelga de cal color base, mas apropiado con el rojo de las columnas (¿1807?) y la tonalidad de la solería hidráulica rojiza con olambrillas cerámicas pintadas a mano de principios del siglo XX.

 

Su portada que podría ser mármol rojo de Cabra nos fascina. Las pilastras laterales sobre basas con decoración romboidal rematan en un arco rebajado sobre el que descansa el vuelo del balcón central, realizado en el mismo material y compuesto por una doble cornisa, marcando con un saliente las pilastras inferiores. El arco se compone de clave central de menor tamaño con decoración tardobarroca de ova lisa, pinjante y concha superior; una dovela mayor a cada lado con inscripciones sobre ovas de mármol blanquecino, con abreviatura «Año de» y «1807» mas cuarta y quinta dovelas en ménsula sobre las pilastras, con el perfil inferior recto que otorgan al arco singularidad. Observaremos asimismo los resultados tras su limpieza y aplicación de hidrofugantes especial color.

Respecto a la historia del lugar, en el recinto amurallado de Naeva, el eje norte sur fue denominado en época medieval «Cal de Caballeros» y posteriormente Carrera y Cervantes. En el siglo XVIII y XIX los presbíteros (de ahí el popular nomenclátor de calle del cura) y vecinos “principales” de la calle con acceso desde la puerta de Castilla, según los padrones de 1771 a 1852, coincidiendo con el período de construcción de esta casa: Daza, presbitero; D. Francisco Nuñez de Solís y Dña. Juana Farfán de los Godos; D. José Barrionuevo y Dña. Catalina Barrera; D. Antonio Gòmez de la Puebla y Dña. Violante de las Quentas-Zayas; D. Antonio Gòmez de las Quentas y Dña. Josefa Farfán de los Godos, padres de Cristóbal; D. Francisco Lòpez Barrera y Dña. Catalina de Ortega; D. Antonio Farfán y Dña. Mariana Melgarejo; Dña. Leandra de la Quenta Zayas y Mexía; D. José de Còzar y Moròn y Dña Antonia Zamora; D. José Morales Lagares y Dña. María de las Quentas Zayas y Farfán de los Godos; D. Antonio Talavera.

En otro documento se indica que hay varios vecinos en su estado noble reconocidos por calles y en esta calle de la Carrera: D. Juan de Solís y Mexía y su mujer Dña. Josefa Carvallo; D. Cristóbal de Riosseras y Bustamante; D. Andrés de las Quentas Zayas; D. Gaspar Antonio de Reoyo y Dña. María de las Cuentas Zayas; D. Luis Cristóbal Reoyo y Dña. Teresa Zamora. Sus apellidos demuestran la endogamia de la nobleza local en la segunda mitad del siglo XVIII; apasionante la disputa con la elección del Notario de Concejo Antonio Gòmez de las Quentas, en al que el Conde de Cantillana acaba diciendo que esos de Cantillana son unos “monstruos, positivamente delincuentes, que no respetan al que Dios y su Rey lo han puesto como señor de la villa».

Este municipio se encuentra presente en la literatura gracias a Luis Vélez de Guevara,  natural de Écija, con su obra «El diablo está en Cantillana» se inspira en sucesos del siglo XV: Un capitán bajo las órdenes de Jofre Tenorio, almirante de Castilla durante las turbulencias de la minoría de Alfonso XI, recorre las cercanías de Sevilla sembrando el pánico. El capitán ejercía especialmente sus desafueros en Cantillana, por lo que los arrieros y caminantes se alejaban del lugar y acostumbraban a decir: «Vámonos por otra parte, porque el diablo está en Cantillana». El diablo también podría ser en el imaginario popular el maestro Juan Pacheco, que acompañó al rey Enrique IV en su viaje a Sevilla en 1469. Pacheco era una persona muy odiada en la capital sevillana, por lo que no se atrevió a entrar en ella y se hospedó en Cantillana. Hasta allí tenía que desplazarse el rey cada vez que quería despachar algún asunto con el aborrecido maestro. Luis Vélez de Guevara cambió los personajes y parte de la trama pero mantiene como trasfondo de su obra la leyenda de Cantillana. @institutocervantes

Por otro lado. Entre los refranes recogidos por Miguel de Cervantes en «DON QUIJOTE DE LA MANCHA» destaca «El diablo anda en Cantillana» en boca de Sancho Panza, en alusión a «el diablo anda en Cantillana, y el obispo en Brenes», expresión que su usa cuando sale mal alguna cosa o se nota desbarajuste y desorden en algo. «Dicen algunos viejos de Sevilla que hubo un obispo de anillo que tenía hacienda en Brenes; y estando él allí unos sobrinos suyos hicieron en Cantillana algunos desafueros y ruidos de noche, formando estantiguas y espantando la gente para fines de sus amores”.

Cervantes pone en boca de Sancho Panza la primera parte «yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han de ver maravillas».